La única cosa realmente valiosa es la intuición

El Templo de Bohemia

Al igual que en el mundo físico existen templos y monasterios, así también ocurre en los mundos internos.

Uno de estos maravillosos templos existentes en lo interno es el Templo de Bohemia.

 El eminente médico alemán, doctor Franz Hartmann, en su libro titulado “Una Aventura en la Mansión de los Adeptos Rosacruces” nos describe con lujo de detalles el mencionado templo, nos habla de algunos de sus miembros y de las enseñanzas que allí recibió.

bohemia

Vamos a describir las cosas que este Iniciado alemán viera en aquel templo.

Nos encontramos en Alemania, en la Baviera del Sur, en las montañas alpinas y a corta distancia de la frontera austriaca.

Durante un paseo por aquellos parajes, Franz Hartmann fue conducido hasta el templo por un personaje muy extraño. Llegaron hasta una montaña tallada de forma perpendicular que parecía inabordable, pero conforme se fueron acercando descubrieron que había un hueco en el flanco de la muralla, abierto en forma de túnel o caverna. Se adentraron por aquel túnel y llegaron a la parte oculta del vecino valle.

Cuando llegaron al extremo opuesto del túnel se encontraron un valle rodeado de montañas de una altura inexpugnable, en el que la naturaleza y el arte, según nos cuenta Franz Hartmann, parecían unidos para ornato y gloria de una supraterrestre belleza.

La hierba fina tapizaba el suelo, hollada por una clara arboleda y por todos lados bosquecillos y selvas y pequeños lagos y encantadores riachuelos esmaltaban el paisaje. A considerable distancia, se elevaba un sublime picacho rasgando el éter azul, presentando una claridad entre sus rocas suspendidas en el vacío, formando bajo una ola gigantesca petrificada por mágico conjuro.

Una catarata distante, hacia la izquierda, se precipita rugiendo en el escarpado abismo, semejando un chorro de plata fluida sobre el oscuro fondo gris de la roca.

Nos encontramos en un mundo distinto: el aire parece más puro, la luz más diáfana, la hierba más verde, comparados con el que se extendía más allá del túnel.

Contemplando las lejanas alturas, distinguimos en la cima de un monte algo que parece un palacio, una fortaleza o una especie de monasterio. A medida que nos aproximamos a él, podemos ver que se trata de un edificio de piedra cuyos altos muros, asomando por encima de la copa de los árboles que le rodean, corona una cúpula como si fuese un templo.

La apariencia exterior indica la solidez de los muros. Tiene una construcción de forma rectangular, aunque no simétrica, ya que cuenta con multitud de torrecillas, balcones y galerías por todas las paredes.

Una amplia avenida nos conduce al edificio. El edificio tiene dos pisos de habitaciones muy altas, y está rodeado de vastísimo parque o jardín de corpulentas encinas y de multitud de otros árboles. Siete gradas de mármol blanco conducen al vestíbulo principal, protegido por dos macizos pilares de granito y en el dintel aparece grabada en letra de oro, una inscripción que reza así:

Tú que entras, deja tras de ti los malos pensamientos

Cuando Franz Hartmann llegaba al templo, se encontró con Imperator, Adepto de la Orden, que le acompañó en casi todo su recorrido. Hartmann nos describe a Imperator como un hombre de figura imponente y noble apariencia. Envuelto en una túnica amarilla, con paso rítmico, y negra cabellera. Aparentaba tener unos treinta y cinco años. De elevada estatura, y su mirada es dulce y bondadosa.

El interior del vestíbulo se encuentra enlosado de piedras lisas. En el centro, se alza sobre un pedestal la estatua de Gautama el Buda. Los muros aparecen adornados de inscripciones doradas, representando algunos de los principales preceptos de la doctrina de los antiguos sabios. A derecha e izquierda, varias puertas dan acceso a largos corredores, que conducen a los diversos departamentos de los hermanos. Mas la puerta fronteriza a la entrada conduce a un hermoso jardín, en el que se divisan multitud de plantas parecidas a las que crecen en los países tropicales.

En el fondo del jardín se alza otro edificio de mármol blanco, que remata una cúpula, sobre la que aparece un dragón de plata sobre un globo de oro. Se trata del santuario del templo, cuya puerta debe permanecer cerrada para todo aquel que no lleve en sí la luz del Espíritu.

Avanzando por uno de los corredores, nos encontramos a nuestra izquierda numerosas puertas que conducen a las celdas de los Adeptos. Mas a la derecha, abren el muro diversas aberturas que dan al jardín de plantas tropicales, y tapizan los intervalos entre tales aberturas las pinturas de magníficos paisajes. Uno de ellos representa una visión de la India, con los Himalayas cubiertos de blanca nieve en el límite, mientras que en el primer término representa una especie de pagoda chinesca, y a breve distancia un pequeño lago entre verdes colinas.

Estas pinturas representan los diversos monasterios y lamaserías de la Orden. Una se halla situada a la orilla de un lago, en el corazón del Tíbet y la ocupan algunos de los más elevados Adeptos. Tales cuadros muestran una parte del paisaje donde el monasterio se halla situado, para dar una idea del carácter general de la localidad.

Mas tales pinturas poseen la oculta propiedad de aparecer vívidas y reales si concentramos nuestro pensamiento en cualquier punto de la escena.

Pero, además de esta pintura tibetana, se encontró Hartmann con otra amplia pintura, representando una escena egipcia, con un convento en primer término y unas pirámides a cierta distancia. En otra pintura aparece un edificio en un país tropical y montañoso, emplazado en cierto lugar de las cordilleras de la América del Sur. Otro mostraba un templo mahometano, con sus minaretes y la media luna en su cúspide.

Ver todos los sistemas religiosos del mundo sorprendió bastante a Franz Hartmann, porque él pensaba que los Rosacruces era una orden cristiana y veía que tenían templos en todas las latitudes y culturas.

Desde el corredor se puede encontrar una biblioteca, donde millares de libros llenan ordenadamente los estantes. Allí encontramos los libros sibilinos, que se dicen destruidos por el fuego; las obras de Hermes Trismegisto, de las que se dice que sólo existe un ejemplar, y multitud de obras de valor incalculable.

Atravesamos el corredor y penetramos en el jardín. Las palmeras y las plantas exóticas que nos rodean contrastan con el paisaje agreste y desolado, lleno de glaciares y de pinos raquíticos que se extiende fuera del valle. La espesura de fucsias alterna con los tupidos rosales. Inmensa variedad de jacintos, heliotropos y otras plantas en flor embalsaman el aire.

Pasamos bajo un pórtico de estilo gótico, y penetramos en una vasta estancia. Cuatro altas ventanas iluminan la habitación de forma octogonal. En medio de ella, rodeada de sillas, hay una mesa. Artísticos muebles adornan todos los ángulos de la estancia. Este es el refectorio. Allí Franz Hartmann se encuentra con los demás Adeptos de la Orden, llamándole mucho la atención dos damas que allí se encontraban. Una de ellas resultó ser Juana de Arco.

En cierta ocasión le preguntaron al V.M. Samael sobre Juana de Arco, si era una Dama-Adepto. A esto el Maestro le contestó:

 Sí… y vive todavía. A pesar de que la quemaron, sigue viviendo, pues ella logró la resurrección y todos los átomos físicos los reunió con el poder de la resurrección. De manera que, actualmente, posee cuerpo físico, conserva su mismo cuerpo y vive en el Templo de Bohemia (Alemania).

Cuando Juana de Arco desencarnó en la hoguera donde fue quemada viva, se encontró rodeada de Maestros que la llevaron al templo de Bohemia. Desde entonces ella vive en ese templo con su cuerpo físico ultrasensible, en presencia de todos los otros Hermanos Mayores.

Después, pasando por el hermoso jardín y penetrando por una avenida de rosados laureles en flor, llegamos a una pequeña glorieta circular situada sobre una leve prominencia del terreno, que nos ofrece un panorama magnífico hasta el confín del horizonte, determinado por las siluetas altísimas de las montañas lejanas. Sosteniendo el techo de la glorieta, se alzan esbeltas columnas de mármol, enlazadas por la hiedra que trepa cubriendo la techumbre y pendiendo a trechos como cortinas por sus bordes. En el centro de la glorieta hallamos una redonda mesa de mármol.

Avanzamos por un magnífico corredor. A lo largo de sus costados se alzan admirables estatuas de mármol representando los dioses y diosas de la antigüedad, así como bustos de los héroes de los antiguos tiempos. Estas estatuas representan los principios elementales y las fuerzas de la naturaleza, que personificaron los antiguos para inducir los atributos de tales principios en el poder conceptivo de la mente humana.

Penetramos en una habitación circular en forma de templo. No tiene ventanas, pero recibe la luz de una cúpula de cristal transparente, bajo la cual y muy por encima de nuestras cabezas, fundido en oro, hay un doble triángulo enlazado, de grandes dimensiones, rodeado por una serpiente mordiéndose la cola. En mitad de la sala, perpendicularmente bajo dicho símbolo, aparecía una mesa redonda cubierta de mármol blanco, en cuyo centro se halla otra diminuta representación plateada de la misma figura de encima.

Adornan la pared varias estanterías con gran número de libros alquímicos. En uno de los extremos de la habitación se alza una especie de altar, sobre el que resplandece una lámpara. Un par de alambiques, algunos frascos encima de una mesa lateral y dos butacas completan el mobiliario de aquella pieza. Este es el laboratorio alquímico del templo, en el cual Paracelso acompañó a Hartmann y le explicó algunas cosas de este arte.

Cuando Franz Hartman visitó el templo de Bohemia se encontró con Paracelso, Juana de Arco y muchos otros Adeptos, viviendo en carne y hueso en ese monasterio sagrado.

Comió con los Hermanos Mayores en el refectorio de los Hermanos y Paracelso lo instruyó dentro de su laboratorio y transmutó plomo en oro, en su presencia.

Al sonar una invisible campañilla de plata (hecho que se repite varias veces en esta misteriosa aventura) termina la ilustrativa entrevista con Paracelso. Llega al aposento un Chela del Maestro, gracias al cual tiene una experiencia, en el mundo elemental, con las hadas marinas pero en el contacto con la Reina de las ninfas pierde la consciencia…

Hartmann narra que despertó sobre el césped, a la sombra de un corpulento pino. Por un momento se preguntó si toda su aventura había sido un sueño, pero al observar el lirio blanco, prendido en su ojal, que le había regalado Imperator y encontrar en su bolsillo la pieza de oro que Paracelso había fabricado en su presencia, se da cuenta de la realidad de su experiencia y, además, recuerda que el insigne médico le había prometido enviarle a su posada un libro de alquimia.

Bajando apresuradamente de la montaña llega hasta su cuarto y, efectivamente, sobre la mesa encuentra el precioso libro. En la primera hoja, escritas en lápiz, se leían las siguientes líneas:

“Amigo, siento se haya interrumpido tan bruscamente vuestra visita y no puedo invitaros a reanudarla por ahora. Quien desee permanecer en el Valle Apacible, debe saber resistir a todas las sugestiones sensuales, incluso las de la Reina del Agua.
Estudiad este libro prácticamente, trazad el círculo en un cuadrado, elaborad los metales, depuradlos y purificadlos de toda escoria. Cuando hayáis triunfado, nos encontraremos de nuevo.

Estaré a vuestro lado cuando os halléis cerca de mí.Fraternalmente vuestro,

THEODORUS”

 

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