Juana de Arco

Juana de Arco (1412-1431), la “Doncella de Orleans”.

 Juana de Arco pertenece a la Fraternidad Blanca. Cuando murió en la hoguera, se encontró rodeada de maestros que la llevaron al Templo de Bohemia (Alemania).

En el libro titulado “Una aventura en la mansión de los adeptos rosacruces”, Franz Hartman nos cuenta su encuentro con la doncella de Orleans en el Templo de Bohemia:

« Pedí a la dama la explicación de su pasada vida tal y como fue antes de alcanzar el adeptado. Me es doloroso, respondió Leila (Juana), vivir de nuevo en los recuerdos del pasado. Quizás nuestra hermana Helena os explicará los detalles concernientes a la suya. Sonrió la interpelada y dijo: lo haré de buena gana, para procurar un placer a nuestro visitante; pero mi vida carece de interés comparada con la vuestra, si queréis principiar vos yo proseguiré la relación de la mía.

Bien, respondió Leila, pero para simplificar detalles y ahorrar tiempo os mostraré su representación en el escenario de la luz astral, fijad la vista en la mesa que tenéis delante. Miré sobre la superficie de la redonda mesa de mármol, colocada en el centro de la glorieta y al momento vi aparecer sobre la reluciente y lisa superficie la visión vivida de un campo de batalla. Allí se divisaba el ejército combatiente empuñando lanzas y espadas, la caballería y la infantería, los caballeros de bruñida armadura y los soldados rasos. Recrudece la batalla: muertos y heridos cubren la tierra y los soldados de la izquierda principian a ceder terreno, mientras los de la derecha avanzan. Súbitamente, aparece a la izquierda del cuadro la figura hermosa de una mujer revestida de luciente armadura, empuñando en una mano la espada y con la otra sosteniendo una bandera. Sus facciones me parecieron las de la dama adepto, enardecido con su presencia el ejército de la izquierda pareció cobrar nuevos bríos, en tanto que el pánico cundía entre el enemigo hasta obligarle a emprender la huida ante el empuje de los otros. Se oye un grito de triunfo y se desvanece la escena.

Luego surge otra escena sobre la mesa, parece el interior de una iglesia católica, están reunidos buen número de dignatarios eclesiásticos y seglares, caballeros y nobles, obispos y sacerdotes, multitud de gentes. Ante el altar se arrodilla un caballero con todas sus armas que parece el rey, y un obispo revestido con todos sus ornamentos pontificiales, le ciñe una corona de oro. Junto al rey está la mujer de nobles facciones, que sonríe con aire de triunfo, resuena una solemne música mientras la corona ciñe las sienes del rey, y al levantarse millares de voces le vitorean. La escena se desvanece.

La siguiente representa un torreón repleto de instrumentos de tortura, como los que servían en los tiempos inquisitoriales, se ven hombres vestidos de negro en cuyos ojos llamea el fuego del odio. Hay otros vestidos de rojo que seguramente son los verdugos, aparecen algunas gentes con antorchas y en medio esta Leila, encadenada, que mira a los hombres vestidos de negro con aire de piadoso desdén. Le hacen algunas preguntas necias, a las que ella no quiere responder y entonces la torturan cruelísimamente. Aparté la vista y al volver a mirar había desaparecido la escena, otra apareció sobre la mesa.

A un lado, un enorme montón de leña, en mitad del cual se erguía un poste al que se hallaba atada una cadena, una procesión se aproxima, compuesta de viles monjes y custodiada por soldados. La multitud rodea la pira, pero se aparta para dar paso a la procesión, en medio de los monjes y del verdugo avanza Leila, pálida y enflaquecida por las privaciones y la tortura. Lleva las manos atadas y una cuerda le rodea el cuello, se encarama sobre los leños y ya en su cima, la atan al poste. Trata de hablar pero los malvados monjes, puestos en oración, le echan agua en la cara para obligarla a permanecer silenciosa. El verdugo aparece empuñando una tea ardiente y la leña comienza a chisporrotear, y el fuego llamea en torno al cuerpo de la hermosa mártir… y no quise ver más, me cubrí el rostro con las manos, sabía quien era Leila.

Repuesto de la impresión de tan horrible espectáculo, expresé a Leila mi admiración por su valor y virtud, había siempre admirado en su carácter histórico y anhelado conocer su auténtico relato. Y ahora se erguía ante mi el original vivo, joven y fuerte, noble y bello, y sin embargo, según el conjunto mundano, contando cuatrocientos cincuenta años…»

Advertisement

~ por banderag en enero 10, 2012.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

 
Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.